El Matadero

Esteban Echeverra

 

Referencias de Trabajo Prestado

Preguntas para "El Matadero"

A pesar de que la ma es historia, no la empezar por el arca de No y la genealoga de sus ascendientes como acostumbraban hacerlo los antiguos historiadores espaoles de Amrica, que deben ser nuestros portotipos.  Tengo muchas razones para no seguir ese ejemplo, las que callo por no ser difuso.  Dir solamente que los sucesoso de mi narracin pasaban por los aos de Cristo de 183…[1]  Estbamos, a ms, en cuaresma, poca en que escasea la carne en Buenos Aires, porque la Iglesia, adoptando el precepto de Epicteto, sustine, abstine (sufre, abtente), ordena vigilia y abstinencia a los estmagos de los dieles, a causa de que la carne es pecaminosa, y , como dice el proverbio, busca a la carne. Y como la Iglesia tiene ab initio y por delegacin directa de Dios el imperio inmaterial sobre las conciencias y los estmagos, que en manera alguna pertenecen al individuo, nada ms justo y racional que vede lo malo.

          Los abastecedores, por otra parte, Buenos federales,y por lo mismo buenos catlicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires[2] atesora una docilidad singular para someterse a toda espcie de mandamiento, slo traen en dias cuaresmales al matadero los novillos necesarios para el sustento de los nios y los enfermos dispensados de la abstinencias por la bula, y con el nimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar los mandamientos carnificinos de la Iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo.

          Sucedi, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa.  Los caminos se anegaron; los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro.  Una tremenda avenida se precipit de repente por el Riachuelo de Barracas[3], y extendi majestuosamente sus turbias agues hasta el pie de las barrancas del Alto.  El Plata, creciendo embravecido, empuj esas aguas que venan buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos, terraplenes, arboledas, caseros, y extenderse como un lago inmenso por todas las bajas tierras.  La ciudada circunvalada del norte al oeste por una cintura de agua y barro, y al sud  por un pilago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban las chimeneas y las copas de los rboles, echaba desde sus torres y barrancas atnitas miradas al horizonte como implorando la proteccin del Altsimo.  Pareca el amago de un nuevo diluvio.  Los beatos y beatas gimoteaban haciendo novenarios y continuas plegarias.  Los predicadores atronaban el templo y hacan crujir el plpito a puetazos. “Es el da del juicio--decan--, el fin del mundo est por venir.  La clera divina rebosando se derrama en inundacin.  Ay de vosotros, pecadores!  Ay de vosotros, unitarios impos que os mofis de la Iglesia, de los santos, y no escuchis con veneracin la palabra de los ungidos del Seor!  Ay de vosotros si no imploris misricordia al pie de los altares!  Llegar la hora tremenda del vano crujir de deintes y de las frenticas imprecaciones.  Vuestra impiedad, vuestras herejas, vuestras blasfemias, vuestros crmenes horrendos,  han trado sobre nuestra tierra las plagas del Seor.  La justicia del Dios de la Fedracin os declarar malditos”.

          Las pobres mujeres salan sin aliento, anonadadas del templo, echando, como era natural, la culpa de aquella calamidad a los unitarios.

          Continuaba, sin embargo, lloviendo a cntaros, y la inundacin creca, acreditando el pronstico de los predicadores.  Las campanas comenzaron a tocar rogativas por orden del muy catlico Restaurador[4]  

quien parece no las tena todas consigo.  Los libertinos, los incrdulos, es decir, los unitarios, empezaron a amedrentarse al ver tanta cara compungida, or tanta batahola de imprecaciones.  Se hablaba ya, como de cosa resuelta, de una processin en que deba ir toda la poblacin descalza y a crneo descubierto, acompoando al Altsimo, llevado bajo palio por el obispo, hasta la barranca de Balcarce, donde millares de voces, conjurando al demonio unitario de la inundacin, deban implorar la misericordia divina.

          Feliz, o major, desgraciadamente, pues la cosa habra sido de verse, no tuvo efecto la ceremonia, porque bajando el Plata, la inundacin se fue poco a poco escrurreindo en su inmenso lecho, sins necesidad de conjuro ni plegarias.

          Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la inundacin estuvo quince das el matadero de la Conalecencia sin ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o los, todos los bueyes de quinteros y aguateros se consumieron en el abasto de la ciudad.  Los pobres nios y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los gringos y herejote bramaban por el beefsteak y el asado.  La abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo ms digno de la bendicin de la Iglesia, y as fue que llovieron sobre l millones y millones de indulgencias plenarias.  Las gallinas se pusieron a 6 pesos y los huevos a 4 reales, y el pescado carsimo.  No hubo en aquellos das curaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero, en cambio, se fueron derecho al cielo innumerables nimas, y acontecieron cosas que parecen soadas.

          No qued en el matadero ni un solo ratn vivo de muchos millares que all tenan albergue.  Todos murieron o de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia.  Multitud de negras rebusconas de archuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas arpas prontas a devorar cuanto hallaran comible.  Las gaviotas y los perros, inseparables rivales suyos en el matadero, emigraron en busca de alimento animal.  Porcin de viejos achacosos cayeron el consuncin por falta de nutritivo caldo; pero lo ms notable que sucedi fue el fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de dares un harazgo de chorizos de Extremadura, jamn y bacalao, y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometdo por tan abominable promiscuacin.

          Algunos mdicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio pueblo caera en sncope por star los estmagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes pronsticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el plpito por los reverendos padres contra toda clase de nutricin animal y de promiscuacin en aquellos das destinados por la Iglesia al ayuno y la penitencia.  Se origin de aqu una especie de guerra intestina entre los estmagos y las conciencias, atizada por el inexorable apetito, y las no menos inexorables vociferaciones de los ministros de la Iglesia, quienes, como es su deber, no transigen con vicio alguno que tienda a relajar las costumbres catlicas; a lo que se agrebaba el estado de flatulencia intestinal habitnates, porducido por el pescado y los porotos y otros alimentos algo indigestos.

          Esta guerra se manifestaba por sollozos y gritos descompasados en la peroracin de los sermons y por rumores y estruendos subitneos en las casas y calles de la cuidad o dondequiera concurran gentes.  Alarmse un tanto el gobierno, tan paternal como pervisor, del Restaurador, creyendo aquellos tumultos de origen revolucionario y atribuyndolos a los mismos salvajes unitarios, cuya impiedades, segn los predicadores federales, haban trado sobre el pas la inundacin de la clera divina; tom activas providencias, desparram a sus esbirros por la poblacin, y por litimo, bien infromado, promulg un decreto tranquilizador de las conciencias y de los estmagos, encabezado por un considerando muy sabio y piadoso para que a todo trance, y arremetiendo por agua y todo, se trajese ganado a los corrales.

          En efecto, el dcimosexto da de la caresta, vspera del da de Dolores, entr a vado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para un a poblacin acostumbrada a consumir diariamente de 250 a 300, y cuya tercera parte al menos gozara del fuero eclesistico de alimentarse con carne.  Cosa extraa que haya estmagos sujetos a leyes inviolables y que la Iglesia tenga la llave de los estmagos!

          Pero no es extrao, supuesto que el Diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la Iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una mquina cuyo mvil principal no sea su voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno.  Quiz llegue el da en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente.  As era, poco ms o menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos, que por desgracia vino a turbar la Revolucin de Mayo.  Sea como fuera, a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, de achuradores y de curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los cincuentas novillos destinados al matadero.

          --Chica, pero gorda—exclamaban.-- Viva la Federacion!  Viva el Restaurador!

          Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federacin estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero, y no haba fiesta sin Restaurador como no hay sermn sin San Agustn.  Cuentan que al or tan desaforados gritos las ltimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a corer desatentadas, conociendo que volvan a aquellos lugares la acostumbrada alegra y la algazara precursora de abundancia.

          El primer novillo que se mat fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo del asado.  Una comisin de carniceros march a ofrecrselo en nombre de los federales del matadero, manifestandole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su adhesin ilimitada al Restaurador y su odio entraable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hombres.  El Restaurador contest a la arenga, rinforzando sobre el mismo tema, y concluy la ceremonia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actors.  Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su Ilustrsima para no abstenerse de carne, porque siendo tan buen observador de las leyes, tna buen catlico y tan acrrimo protector de la religin, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en da santo.[5]

          Sigui la matanza[6], y en un cuarto de hora cuarenta y nueve novillos se hallaban tendidos en la plaza del matadero, desollados unos, los otros por desollar,  El espectculo que ofreca entonces era animado y pintoresco, aunque reuna todo lo horriblemente feo, inmundo y defrome de una pequea clase proletaria peculiar del Ro de la Plata.  Pero para que el lector pueda percibirlo a un golpe de ojo, preciso es hacer un croquis de la localidad.

          El matadero de la Convalecencia[7] o del Alto, sito en las quintas al sur de la ciudad, es una gran playa en froma rectangular, colocada al extremo de dos calles, una de las cuales all termina y la otra se prolonga hasta el este.  Esta playa, con declive al sur, est cortada por un zanjn labrado por la corriente de las aguas pluviales, en cuyos bordes laterals se muestran innumerables cuevas de ratones y cuyo cauce recoge en teimpo de lluvia toda la sangraza seca o reciente del matadero.  En la juncin del ngulo recto, hacia el oeste, est lo que llaman la casilla, edificio bajo, de tres piezas de media agua con corredor al frente que da a la calle y palenque para atar caballos, a cuya espalda se notan varios corrales de paloa pique de andubay con sus fornidas puertas para encerrar el ganado.

          Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal, en el cual los animales apeuscados se hunden hasta el encuentro, y quedan como pegados y casi sin movimiento.  En la casilla se hace la recaudacin del impuesto de corrales, se cobran las multas por violacin de reglamentos y se sienta el juez del matadero, personaje importante, caudillo de los carniceros y que ejerce la suma del poder en aquella pequea repblica, por delegacin del Restaurador.  Fcil es calcular qu clase de hombre requiere para el desempeo de semejante cargo.  La casilla, por otra parte, es un edificio tan ruin y pequeo que nadie lo notara en los corrales a no estar asociado su nombre al del terrible juez y no resaltar sobre blanca cintura los siguientes letreros rojos: “Viva la Federacion”, “Viva el Restaurador y la heroica doa Encarnacin Ezcurra”, “Mueran los salvajes unitarios”.  Letreros muy significativos, smbolo de la fe poltica y religiosa de la gente del matadero.  Pero algunos lectores no sabrn que la tal herona es la difunta esposa del Restaurador, patrona muy querida de los carniceros, quienes, ya muerta, la veneraban por sus virtudes cristianas y su federal herosmo en la revolucin contra Balcarce.[8]  Es el caso que en un aniversario de aquella memorable hazaa de la Mozorca[9], los carniceros festejaron con  un esplndido banquete en la casilla de la herona, banquete a que concurri con su hija y otras seoras federales, y que all, en presencia de un gran concurso, ofreci a los seores carniceros en un solemne brindis su federal patrocinio, por cuyo motivo ellos la proclamaron entusiasmados patrona del matadero, estampando su nombre en las paredes de la casilla, donde estar hasta que lo borre la mano del tiempo.

          La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca, llena da animacin.  Cuarenta y nueve reses esteban tendidas sobre sus cueros, y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado con la sangre de uss arterias.  En trono de cada res resaltaba un grupo de figures humnanas de tez y raza distnta.  La figura ms prominente de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chirip y rostro embadurnado de sangre.[10]  A sus espaldas se rebullan, caracoleando y sigueindo los movimientos, una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las arpas de la fbula, y entremezclados con ellas algunos enormes mastines, olfateaban, gruian o se daban de tarascones por la presa.  Cuarenta y tantas carretas, toldadas con negruzco y pelado cuero, se escalonaban irregularmente a lo largo de la playa, y algunos jinetes con el poncho calado y el lazo prendido al tiento cruzaban por entre ellas al tranco o reclinados sobre el pescuezo de los caballos echaban ojo indolente sobre uno de aquellos animados grupos, al paso que, ms arriba, en el aire, un enjambre de gaviotas blanquiazules, que haban vuelto de la emigracin al olor de la carne, revoloteaban, cubriendo con su disonante graznido todos los ruidos y voces del matadero y proyectando una sombra clara sobre aquel campo de horrible carnicera.  Esto se notaba al principio de la matanza.

          Pero a medida que adelantaba, la perspectiva variaba; los grupos se deshacian, venan a formarse tomando diversas actitudes y se desparramaban corriendo como si en medio de ellos cayese alguna bala perdida, o asomase la quijada de algn encolerizado mastn.  Esto era que el carnicero en un grupo descaurtizaba a golpe de hacha, colgaba en otros los cuartos en los ganchos de su carreta, despellejaba en ste, sacaba el sebo en aquel; de entre la chusma que ojeaba y aguardaba la presa de achura, sala de cuando en cuando una mugrienta mano a dar un rarascn con el cuchillo al sebo o a los cuartos de la res, lo que originaba gritos y explosin de clera del carnicero y el contnuo hervidero de los grupos, dichos y gritera descompasada de los muchachos.

          --Ah se mete el sebo en las tetas, la tipa—gritaba uno.

          --Aqul lo escondi en el azapn—replicaba la negra.

          --Che, negra bruja, sal de aqu antes de que te pegue un tajo—exclamaba el carnicero.

          --Que le hago, o Juan?  No sea malo!  Yo no quiero sino la panza y las tripas.

          --Son para esa bruja: a la m…

          --A la bruja!  A la bruja!—repitieron los muchachos—Se lleva la rionada y el tongor!—Y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendas pelotas de barro.

          Hacia otra parte, entretanto, dos africanas llevaban arrastrando las entraas de un anima; all una mulata se alejaba con un ovillo de tripas y resbalando de repente sobre un charco de sangre, caa a plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa.  Acull se vean acurrucadas en hileras 400 negras destejiendo sobre las faldas el ovillo y arrancando, uno a uno, los sebitos que el avaro cuchillo del carnicero haba dejado en la tripa como rezagados, al paso que otras vaciaban panzas y vejigas y las henchan de aire de sus pulmones para depositar en ellas, luego de secas, la achura.

          Varios muchachos, gambeteando a pie y a caballo, se daban de vejigazos o se tiraban bolas de carne, desperramando con ellas y su algazara la nube de gaviotas que, columpindose en el aire, celebraban chillando la matanza.  Oanse a menudo, a pesar del veto del Restaurador y de la santidad del da, palabras inmundas y obscenas, vociferaciones preadas de todo el cinismo bestial que caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con las cuales no queiro regalar a los lectores.

          De repente caa un bofe sangriento sobre la cabeza de alguno, que de all pasaba a la de otro, hasta que algn deforme mastn lo haca buena presa, y una cuadrilla de otros, por si estrujo o no estrujo, armaba una tremenda de gruidos y mordiscones.  Alguna ta vieja sali furiosa en persecucin de un muchacho que le haba embadurnado el rostro con sangre, y acudiendo a sus gritos y puteadas los compaeros del rapaz, la rodeaban y azuzaban como los perros al toro, y llovian sobre ella zoquetes de carne, bolas de estircol, con groseras carcajadas y gritos frecuentes, hasta que el juez mandaba restablecer el orden y despejar el campo.

          Por un lado dos muchachos se adiestraban en el manejo del cuchillo, tirndose horrendous tajos y reveses; por otro, cuatro, ya adolesecentes, ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda y un mondongo que haban robado a un carnicero; y no de ellos distante, porcin de perros, flacos ya de la forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio para saber quin se llevara un hgado envuelto en barro.  Simularco en pequeo era ste del modo brbaro con que se ventilan en nuestro pas las cuestiones y los derechos individuales y socials.  En fin, la escen que se representaba en el matadero era para vista, no para escrita.

          Un animal haba quedado en los corrales, de corta y ancha cerviz, de mirar fiero, sobre cuyos rganos genitales no estaban conformes los pareceres,  porque tena apariencias de toro y de novillo.  Llegle la hora.  Dos enlazadores a caballo penetraron en el corral en cuyo contorno herva la chusma a pie, a caballo y horqueteada sobre sus nudosos palos.  Formaban en la puerta el ms grotesco y sobresaliente grupo, varios pialadores y enlazadores de a pie con el brazo desnudo y armado del certero lazo, la cabeza cubierta con un pauelo punz y chaleco y chirip colorado, teniendo a sus espaldas varios jinetes y espectadores de ojo escrutado y anhelante.

          El animal, perdido ya al lazo por las astas, bramaba echando espuma furibundo, y no haba domonio que lo hiciera salir del pegajoso barro, donde estaba como clavado y era imposible pialarlo.  Gritabanle, lo azuzaban en vano con las mantas y pauelos los muchachos que estaban prendidos sobre las horquetas del corral, y era de or la disonante batahola de silbidos, palmadas y voces tiples y roncas que se desprendan de aquella singular orquesta.

          Los dicharachos, las exclamaciones chistosas y obscenas rodaban de boca en boca, y cada cual haca alarde espontneamente de su ingenio y de su agudeza, excitado por el espectculo o picado por el aguijn de alguna lengua locuaz.

          --Hi de p…en el torro.

          --Al Diablo los torunos del Azul.

          --Malhaya el tropero que nos da gato por liebre.

          --Si es novillo.

          --No est viendo que es toro viejo?

          --Como toro le ha de quedar.  Mustreme los c…si le parece, c…o!

          --Ah los tiene entre las piernas.  No lo ve, amigo, ms grandes que la cabeza de su castao, o se ha quedado ciego en el camino?

          --Su madre sera la ciega, pues que tal hijo ha parido.  No ve que todo ese bulto es barro?

          --Es emperrado y arisco como un unitario.

          Y al or esta mgica palabra, todos a una voz exclamaron;--Mueran los salvajes unitarios!

          --Para el tuerto lo h…

          --S, para el tuerto, que es hombre de c…para pelear con los unitarios.

          --El matambre a Matasiete, degollador de unitarios.[11]  Viva Matasiete!

          --A Matasiete el matambre!

          --All va—grit una voz ronca, interrumpiendo aquellos desahogos de la cobarda feroz--.  All va el toro!

          --Alerta!  Guarda los de la puerta!  All va furioso como un demonio!  Y en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos picanas agudas que le espoleaban la cola, sintiendo flojo el lazo, arremeti bufando a la puerta, lanzando a entrambos lados un arojiza y fosfrica mirada.  Diole el tirn el enlazador sentado su caballo, desprendi el lazo del asta, cruji por el aire un spero zumbido y al mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral, como si un golpe de hacha lo hubiese dividido a cercn, una cabeza de nio cuyo tronco permaneci inmvil sobre su caballo de palo, lanzando or cada arteria un largo chorro de sangre.

          --Se cort el lazo!—gritaron unos--.  All va el toro!

          Pero otros, deslumbrados y atnitos, guardaron silencio, porque todo fue como un relmpago.

          Desparramse un tanto el grupo de la puerta.  Una parte se agolp sobre la cabeza y el cadver palpitante del muchacho degollado por el lazo, manifestando horror en su atnito semblante, y la otra parte, compuesto de jinetes que no vieron al catstrofe, se escurri en distintas direcciones en pos del toro, vocifeferando y gritando: All va el toro!  Atajen!  Guarda!  Enlaza, Sietepelos!  Que te agarra, Botija!  Va furioso; no se le pongan delante!  Ataja, ataja, Morado!  Dale espuela al mancarron!  Y se metio en la calle sola!  Qu lo ataje el diablo!

          El tropel y vocifera era infernal.  Unas cuantas negras achuradoras, sentadas en hilera al borde del zanjn, oyendo el tumulto se acogieron y agazaparon entre las panzas y tripas que desenredaban y devanaban con la paciencia de Penlope, lo que sin duda las salv, porque el animal lanz al mirarlas un bufido aterrador, dio un brinco sesgado y sigui adelante persuido por los jinetes.  Cuentan que una de ellas se fue de cmaras; otra rez diez salves en dos minutos, y dos prometieron a San Benito no volver jams a aquellos malditos corrales y abandonar el oficio de achuradoras.  No se sabe si cumplieron la promesa.

          El toro, entretanto, tom la ciudad por una larga y angosta calle que parte de la punta ms aguda del rectngulo anteriormente descripto, calle encerrada por una zanja y un cerco de tunas, que llaman sola por no tener ms de dos casas laterales, y en cuyo aposado centro haba un profundo pantano que tomaba de zanja a zanja.  Cierto ingls, de vuelta de su saladero, vadeaba este pantano a la sazn, paso a paso, en un caballo algo arisco, y, sin duda, iba tan absorto en sus clculus que no oy el tropel de jinetes ni la gritera sino cuando el toro arremeta el pantano.  Azorse de repente su caballo dando un brinco al sesgo y ech a corer, dejando al pobre hombre hundido media vara en el fango.  Este accidente, sin embargo, no detuvo ni fren la carrera del los persuguidores del toro, antes al contrario, soltando carcajadas sarcsticas: “Se amol el gringo; levntate gringo”—exclamaron, cruzando el pantano, y amasando con barro bajo las patas de sus caballos su miserable cuerpo.  Sali el gringo, como pudo, despus a la orilla, ms con la apariencia de un demonio tostado por las llamas del infierno que un hombre blanco pelirrubio.  Ms adelante, al grito de al toro!,  cuanto negras achuradoras que se retiraban con su presa, se zambulleron en la zanja llena de agua, nico refugio que les quedaba.

          El animal, entretanto, despus de haber corrido unas 20 cuadras en distantas direcciones azorando con su presencia a todo viviente, se meti por la tranquere de una quinta, donde hall su perdicin.  Aunque cansado, manisfestaba bro y colrico ceo; pero rodebalo una zanja profunda y un tupido cerco de pitas, y no haba escape.  Juntronse luego sus persueguidores que se hallaban desbandados, y resolvieron llevarlo en un seuelo de bueyes para que expiase su atentado en el lugar mismo donde lo haba cometido.

          Una hora despus de su fuga el toro estaba otra vez en el matadero, donde la poca chusma que haba quedado no hablada sino de sus fechoras.  La aventura de gringo en el pantano excitaba principalmente la risa y el sarcasmo.  Del nio degollado por el lazo o quedada sino un charco de sangre; su cadver estaba en el cementerio.

          Enlazaron muy luego por las astas al animal, que brincaba haciendo hincapi y lanzando roncos bramidos.  Echronle uno, dos, tres piales; pero infructuoso; al cuarto qued prendido de una pata: su bro y su furia redoblaron; su lengua, estirndose convulsiva, arrojaba espuma, su nariz humo, sus ojos miradas encendidas.

          --Desjarreten ese animal!—exclam una voz imperiosa.  Matasiete se tir al punto del caballo, cortle el garro de una cuchillada y gambeteando en torno de l con su enorme daga en mano, se la hundi al cabo hasta el puo en la garganta, mostrndola en seguida humeante y roja a los espectadores.  Brot un torrente de la herida, exhal algunos bramidos roncos, y cay el soberbio animal entre los gritos de la chusma que proclamaban a Matasiete vencedor y le adjudicaba en premio el matambre.  Matasiete extendi, como orgulloso, por segunda vez el brazo y el cuchillo ensagrentado, y se agach a desollarlo con otros compaeros.

          Faltaba que resolver la dud sobre los rganos  genitals del muerto, clasificadoprovisoriamente de toro por su indomable fiereza; pero estaban todos tan fatigados del la larga tarea, que lo echaron por lo pronto en olvido.  Mas de repente una voz ruda exclam:

          --Aqu estn los huevos—sacando le la barriga del animal y mostrando a los espectadores dos enormes testculos, signo inequvoco de su dignidad de toro.  La risa y la charla fue grande; todo los incidents desgraciados pudieron fcilmente explicarse.  Un toro en el matadero era cosa muy rara, y aun vedaba.  Aqul, segn reglas de buen polica, deba arrojarse a los perros; pero haba tanta escasez de carne y tantos hambrientos en la poblacin que el seor juez tuvo que hacer ojo lerdo.

          En dos por tres estuvo desollado, descuartizado y colgado en al carreta el maldito toro.  Matasiete coloc el matambre bajo el pelln de su recado y se preparaba a partir. La matanza estaba concluida a las doce, y la poca chusma que haba presenciado hasta el fin, se retiraba en grupos dea pie y de a caballo, o tirando a la cincha algunas carretas cargadas de carne.

          Mas de repente la ronca voz de un carnicero grit:

All viene un unitario!—y al or tan significativa palabra toda aquella chusma se detuvo como herida de una impresin subitnea.

          --No le ven la patilla en forma de U?[12]  No trae divisa en el fraque ni luto en el sombrero.

          --Perro unitario.

          --Es un cajetilla.

          --Monta en silla como los gringos.[13]

          --La Mazorca con l.

          --La tijera!

          --Es preciso sobarlo.

          --Trae pistolera por pintar.

          --Todos estos cajetillas unitarios son pintores como el diablo.

          --A que no te le anims, Matasiete?

          --A que no?

          --A que s.

          Matasiete era hombre de poca palabras y de muchas accin.  Tratndose de violenta, de agilidad, de destreza en el hacha, el cuchillo o el caballo, no hablaba y obrada.  Lo haban picado: prendi la espuela a su caballo y se lanz a brida suelta al encuentro del unitario.

          Era ste un joven de 25 aos, de gallarda y bien apuesta persona, que mientras salan en borbotones de aquellas desaforadas bocas las anteriores exclamaciones, trotaba hacia Barracas, muy ajeno de temer peligro alguno.  Notando, empero, las significativas miradas de aquel grupo de dogos de matadero, echa maquinalmente la diestra sobre las pistoleras de su silla inglesa, cuando una pechada al sesgo del caballo de Matasiete lo arroja de los lomos del suyo tendindolo a al distancia boca arriba y sin movimiento alguno.

          --Viva Matasiete!—exclam toda aquella chusma, cayendo en tropel sobre la vctima como los caranchos rapaces sobre la osamenta de un buey devorado por un tigre.  Atolondrado todava el joven, fue, lanzado una mirada de fuego sobre aquellos hombres feoces, hacia su caballo que permaneca inmvil no muy distante, a buscar en sus pistoals el desagravio y la venganza.  Matasiete, dando un salto, le sali al encuentro y con fornido brazo asindolo de la corbata lo tendi en el suelo tirando al mismo tiempo la daga de la cintura y llevndola a su garganta.

          Una tremenda carcajada y un nuevo viva estrentreo volvi a vitorearlo.  Que nobleza de alma!  Que bravura en los federales!  Siempre en pandillas cayendo como buitres sobre la vctima inerte!

          --Degellalo, Matasiete, quiso sacar las pistolas.  Degellalo como al toro.

          --Pcarao unitario.  Es precioso tusarlo.

          --Tiene buen pescuezo para el violn.

          --Mejor es la resbalosa.

          --Probaremos—dijo Matasiete, y empez sonriendo a pasar el filo de su daga por la garaganta del cado, mientras con la rodilla izquierda de comprima el pecho y con la siniestra mano le sujetaba por los cabellos.

          --No, no lo degellen—exclam de lejos la voz imponente del Juez del Matadero que se acercaba a caballo.

          --A la casilla con l, a la casilla.  Preparen mazorca y las tijeras.  Mueran los salvajes unitarios!  Viva el Restaurador de las leyes!

          --Viva Matasiete!

          Mueran!” “Vivan!”—repitieron en coro los espectadores, y atndolo codo con codo, entre moquetes y tirones, entre vociferaciones e injuries, arrastraron al infeliz joven al banco del tormento, como los sayones al Cristo.

          La salade de la casilla tena en su centro una grande y fornida mesa de la cual no salan los vasos de bebida y los naipes sino para dar lugar a las ejecuciones y torturas de los sayones federales del matadero.  Notbase adems, en un rincn, otra mesa chica con recado de escribir y un cuaderno de apuntes y porcin de sillas entre las que resaltaban un silln de brazos destinado para el juez.  Un hombre, soldado en apariencia, sentado en una de ellas, cantaba al sonde la guitarra la resbalosa, tonada de inmensa popularidad entre los federales, cuando la chusma llegando entropel al corredor de la casilla lanz a empellones al joven unitario hacia el centro de la sala.

          --A ti te toca la resbalosa –grit uno.

          --Encomienda tu alma al Diablo.

          --Est furioso como toro montaraz.

          --Ya te amansar el palo.

          --Es precioso sobarlo.

          --Po ahora verga y tijera.

          --Si no, la vela.

          --Mejor ser la mazorca.

          --Silencio y sentarse—exclam el juez dejndose caer sobre un silln.  Todos obedicieron, mientras el joven, de pie, encarando al juez, exclam con voz preada de indignacin:

          --Infames sayones!  Que intentan hacer de m?

          --Calma!—dijo sonriendo el juez--.No hay que encolerizarse.  Ya lo vers.

          El joven, en efecto, estaba fuera de s de clera.  Todo su cuerpo pareca estar en convulsin.  Su plido y amoratado rostro, su voz, su labio trmulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazn, la agitacin de sus nervios.  Sus ojos de fuego parecan salirse de la rbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado.  Su cuello desnudo y al pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiracin anhelante de sus pulmones.

          --Tiemblas?—le dijo el juez.

          --De rabia porque no puedo sofocarte entre mis brazos.

          --Tendras fuerza y valor para eso?

          --Tengo de sobra voluntad y coraje para ti, infame.

          --A ver las tijeras de tusar mi caballo: tsenlo a la federala.

          Dos hombres le asieron, uno de la ligadura del brazo, otro de la cabeza y en un minuto cortronle la patilla que poblaba toda su barba por bajo, con risa estrepitosa de sus espectadores.

          --A ver—dijo el juez--, un vaso de agua para que se refresque.

          --Uno de hiel te dara yo a beber, infame.

          Un Negro petiso psosele al punto delante con un vaso de agua en la mano.  Diole el joven un puntapi en el brazo y el vaso fue a estrellarse en el techo, salpicando el asombrado rostro de los espectadores.

          --Este es incorregible.

          --Ya lo domaremos.

          --Silencio—dijo el juez--.  Ya ests afeitado a la federala, slo te falta el bigote.  Cuando con olvidarlo.  Ahora vamos a cuenta.  Por qu no traes divisa?

          --Porque no quiero.

          --No sabes que lo manda el Restaurador?

          --La librea es para vosotros, escalvos, no para los hombres libres.

          --A los libres se les hace llevar a la fuerza.

          --S, la fuerza y la violencia bestial.  Esas son vuetras armas, infames.  El lobo, el tigre, la pantera, tambin son fuertes como vosotros!  Deberas andar como ellos, en cuatro patas.

          --No temes que el tigre te despedace?

          --Lo prefiero a que maniatadome arranquen, como el cuervo, una a una las entraas.

          --Por qu no llevas luto enel sombrero por la herona?

          --Porque lo llevo en el corazn por la patria que vosotros habis asesinado, infames.

          --No sabes que as lo dispuso el Restaurador?

          --Lo dispusisteis vosotros, esclavos, para lisonjear el orgullo de vuestro seor, y tributarle vasallaje infame.

          --Insolente!  Te has embravecido mucho.  Te har cortar la lengua si chistas.  Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada denle verga, bien atado sobre la mesa.

          Apenas articul esto el juez, cuatro sayones salpicados de sangre, suspendieron al joven y lo tendieron largo a largo sobre la mesa comprimindole todos sus miembros.

          --Primero degollarme que desnudarme, infame canalla.

          Atronle en pauelo a la boca y empezaron a tironear sus vestidos.  Encogase el joven, pateaba, haca rechinar los dientes.  Tomaban ora sus mienbros la flexibilidad del junco, ora la dureza del fierro y su espina dorsal era el eje de un movimiento parecido al de la serpiente.  Gotas de sudor fluan por su rostro, grandes como perlas; echaban fuego sus pupilas, su boca espuma, y las venas sobre su blanco cutis como si estuvieran repleas de sangre.

          --Atenlo primero—exclam el juez.

          --Est rugiendo de rabia—articul un sayn.

          En un momento liaron sus piernas en ngulo a los cautro pies de la mes, volcando su cuerpo boca abajo.  Era preciso hacer igual operacin con las manos, para lo cual soltaron las ataduras que las compriman en la espalda.  Sintindolas libres el joven, por un movimiento brusco en el cual pareci agotarse toda su fuerza y vitalidad, se incorpor primero sobre sus brazos, despues sobre sus rodillas y se desplom al momento murmurando:

          --Primero degollarme que desnudarme, infame canalla.

          Sus fuerzas se haban agotado.

          Inmediatamente qued atado en cruz y empezaron la obra de desnudarlo.  Entonces un torrente de sangre brot borbolloneando de la boca y las narices del joven, y extendindose empez a caer a chorros por entrambos lados de la mesa.  Los sayones inmviles y los espectadores estupefactos.

          --Revent de rabia el salvaje unitario—dijo uno.

          --Tenia un rio de sangre en las venas—articul otro.

          --Pobre diablo, queramos nicamente divertirnos con l y tom la cosa demasiado a lo serio—exclam el juez frunciendo el ceo de tigre.  Es precioso dar parte; destenlo y vamos.

          Verificaron la orden; echaron llave al a puerta y en un momento se escurri la chusma en pos del caballo del juez cabizbajo y taciturno.

          Los federales haban dado fin a una de sus innumerables proezas.

          En aquel tiempo los carniceros degolladores del matadero eran los apstoles que propagaban a verga y pual la federacin rosina, y no es difcil imaginarse qu federacin saldra de sus cabezas y cuchillas.  Llamaban ellos salvajes unitario, conforme a la jerga inventada por el Restaurador, patrn, de la cofrada, a todo el que no era degollador, carnicero, ni salvaje, ni ladrn; a todo hombre decente y de corazn bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de la libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que le foco de la federacin estaba en el matadero.

 

Una gua histrica y poltica de “El Matadero”

 

          “El matadero”, escrito por el romntico poeta argentino Esteban Echeverra durante su exilo poltico en 1839, ha venido a ser reconocido como el primer completo y bien desarrollado cuento en Hispanoamrica (por otra parte algunos crticos insisten que ste era solo el primer captulo de una novela que Echeverra intentaba escribir pero que por una razn u otra no la complet.)  Por esta razn en s el cuento tiene un significado histrico, y ha llegado a ser requerido para los estudios de todos los estudiantes de la literatura hispanoamericana.  Aunque el cuento se puede disfrutar por sus propios mritos literarios, estudiantes, especialmente de Norteamrica, podran no entender completamente su ancho arreglo de simbolismo poltico y de este modo no pueden posiblemente apreciar el cuento en el mismo nivel que los contemporneos de Echeverra.  La falta de enseanza de la historia argentina en el sistema educativo hoy en da contribuye a la ignorancia de Norteamrica a la historia de Sudamrica y es una desgracia.  El propsito de este proyecto es hacer brillar una luz en un breve pero importante perodo de la historia del continente de Sudamrica.  Esperamos que esta gua aumente la apreciacin para ambos el estudiante y el lector de esta importante obra, “El Matadero”.

 

La primera bandera de Argentina en el tiempo de Rosas

          A traves de los primeros 35 aos del siglo XIX, el rea de Sudamrica que ahora conocemos como Argentina y sus pases vecinos, particularmente en el rea alrededor del Ro de la Plata y sus tributarios, no conocieron paz.  Estos fueron aos caticos de constante guerra y conflicto: luchando contra la invasin Inglesa, peleando con los indios, peleando contra los espaoles por la independencia de las provincias.  La violencia aument despus de la independencia en 1816.  En toda la regin, el ejrcito de la confederacin de las provincias argentinas estaba siempre en marcha; all en Uruguay, all en Bolivia, entonces contra Brasil, ms tarde en contra de Paraguay.  Y siempre haciendo grandes matanzas de los indgenas.

 

Sello oficial de la ciudad de Buenos Aires

         Pero la guerra ms destructiva para Argentina durante esos das fue la pelea dentro de sus mismas fronteras, entre sus propios ciudadanos.  Despus de la independencia dos grandes grupos polticos se levantaron en una grande lucha para obtener el control del gobierno.  Estos dos partidos fueron conocido como los federalistas y los unitarios.

          El lector entendera mejor estas dos faccines si tiene una clara idea de la constitucin de estos dos partidos.  Esto es importante, porque sirve como cuadro en el cual el retrato del “El Matadero” es pintado.

          Los federalistas estaban compuestos primeramente de caudillos, hombres fuertes y sus familias viviendo salvajemente en las incivilizadas tierras fuera de las ciudades.  Ellos controlaban sus grandes estancias y las tierras alrededor de ellos como pequeos reinos.  Ellos no queran tomar parte de ningn gobierno central que les limitara su poder.  Ellos fueron apoyados por sus propios ejrcitos privados como los gauchos: unos fieros, semi-civilizados vaqueros y  hombres salvajes de las pampas. Tambin fueron apoyados en las ciudades por las grandes masas de la pobre gente urbana, especialmente aquellos de la raza mezclada y de ascendencia africana, y quizs el grupo ms importante, por todos, la poderosa Iglesia Catlica.

          Los unitarios, por el otro lado, fueron compuestos por la gente urbana intelectual y las viejas familias criollas quienes podran trazar su descendencia de los colonistas de la Vieja Espaa.  Por su parte estos queran un gobierno central fuerte que podra traer una ordenada civilizacin a las provincias.  Porque la mayora haban vivido en Europa, ellos queran imponer ideas europeas y as establecer un un orden liberal y social, ideas aborrecibles a los semibarbricos moradores en el interior del pas.  Los unitarios obtenan su mayor apoyo de la burguesa, la gente de negocios y los profesionales de las ciudades.

          Juan Manuel de Rosas naci en una famlia de aristcratas criollas en 1793, pero an en su niez l renunci a los privilegios de su familia y creci entre los gauchos viviendo y trabajando en las tierras de las familias del estado.  En efecto l se converti en un autntico gaucho; y ser gaucho era al final ser federalista.  l se aprovech de todo el cas y anarqua de Argentina en la cual haba crecido, y para el ao 1835, a travs de una combinacin de fuerza y determinacin, batallas, crueldad, intrigas polticas, y asesinato, todo esto finalmente trajo una medida de paz a la Argentina; l se haba proclamado ser el dictador del pas, con poder sin lmites.

Mansin de Rosas

          Rosas y los federalistas tenan ahora el poder absoluto en Argentina.  Y as como ellos hicieron con los indios, ellos se propusieron hacer lo mismo de exterminar a los unitarianos.  Se ha estimado que en el tiempo que dur su tirano gobierno, Rosas ejecut a ms de 22,000 de sus polticos rivales.  Uno de los ms importantes lderes de los unitarios en esos das fue el educado poeta y hombre de letras Esteban Echeverra.  l haba formado la organizacin Asociacin de Mayo, tambien conocida como La Joven Argentina, en oposicin a Rosas.  No teniendo suficiente poder en contra del brutal gobierno de Rosas y los federalistas, l y otros se vieron obligados a abandonar Buenos Aires y mas tarde Argentina, yndose al exilio para preservar sus vidas.  Fue durante ese tiempo que Echeverra escribi “El Matadero”.  Esto es entonces la situacin poltica e histrica que sirve de trasfondo para este cuento.

Dos vistas de la tumba de Rosas en Inglaterra

La dictadura de Rosas dur hasta el ao 1852, cuando su ejrcito fue derrotado en la batalla de Caseros por las fuerzas de los anti-Rosas en alianza con los ejrcitos de Brasil y Uruguay.  Rosas fue obligado a rendirse y pasar el resto de su vida en el exilio en Inglaterra.

Tristemente Echeverra nunca se enter de esto.  Solamente un ao antes, l haba muerto en Montevideo, todava en el exilio.



[1] Evidencia interna demuestra que los eventos de este cuento deben haber ocurrido en 1838, cuando Rosas haba consolidado su poder y comenz su campaa de exterminacin a los Unitarios, en seguida de la muerte de su esposa, Doa Encarnacin Ezcurra de Rosas, mencionada luego.

[2] Segn el famoso naturalista Charles Darwin, quien visit la ciudad en ese tiempo, Buenos Aires contaba con unos 60,000 habitantes.

[3] En ese tiempo, Barracas era un suburbia en las orillas del sur de Buenos Aire.  Al sur de la cuidad, el Ro Riachuelo recorra del oeste al este y desembocaba en el Ro de la Plata en la esquina de la parte sureste de Buenos Aires.  Como Echeverra lo describe, Buenos Aires estaba casi completamente rodeada de agua.

[4] Echeverra nunca menciona al dictador Rosas por su propio nombre. “El Restaurador de las Leyes” fue el apodo dado a Rosas por sus fanticos que lo apoyaban.

[5] Este prrafo describe el poder de Rosas y su hipcrita relacin con la Iglesia Catlica.

[6] Este prrafo da comienzo a la alegrica y simblica parte del cuento.  El lector se servira major si est prevenido de algunos de los significados smbolos basicos de Echeverra: El Matadero de la Convalecencia = Argentina bajo el gobierno de Rosas y los Federalistas; rojo = los colores de Rosas (rosas=rojo, como la flor; tambin el color  favorito a Rosas) y los Federalistas; los obreros de las clases baja = los mezquinos premios a los pobres ineducables obreros que se les dan por su ayuda a Rosas, ni siquiera suficiente para abastecer sus necesidades bsicas; los ganados = los Unitarios asesinados por Rosas.  Hay mas smbolos, pero con estos el lector podra facilmente encontrar los dems.

[7] Presuntamente este lugar actualmente s exista.  En uno de los mapas del ao 1902 de Buenos Aires publicado en Inglaterra, hay un pequeo vecindario o distrito llamado “La Convalecencia” el las afueras al sur de Buenos Aires, a mitad del camino en medio de la ciudad y el Ro Riachuelo, precisamente en la misma ubicacin a como Echeverra lo describe en “El Matadero”.  Desde el punto de vista del plano de la ciudad, esto es lgico.  En el caluroso verano, el viento soplara del noroeste o del noroeste del mar, soplando la hediondez de “El Matadero” lejos de la ciudad.

[8] Juan Balcarce fue el ltimo inefectivo gobierno de la provincia de Buenos Aires quin no pudo poner fn a toda la anarqua y violencia en Argentina.  Cuando el vi el enorme apoyo pblico hacia Rosas, Balcarce renunci a su posicin en 1834, dejndole el puesto abierto a Rosas.

[9] La Mazorca era una red secreta de espas, matones, rufinos y asesinos leales a Rosas, muy parecido a la de los “Brown Shirts” de Hitler en Alemania, y al Ton-Ton Macou de la famlia Duvalier en Haiti.   Casi todos las casas de los Unitarios en la ciudad tenan sirvientes que pertenecian a esta red secreta y estos repotaban todo lo que oan a los Federalistas.  La palabra en si mismo es un juego de palabras: “Mazorcas” significa nada mas que una espiga de maz, pero suena como “ms horca”, otra palabra para sealar el patbulo.

[10] En esta entera descripcin, particularmente la “chirpa” (una clase de sarape o poncho usado exclusivamente por los Gauchos), es otro smbolo de los fierisimos y leales Gauchos que apoyaban a Rosas.

[11] En  efecto Rosas aparece dos veces en este cuento.  En la primera es real y aparece con su apodo del “El Restaurador”.  Y en la segunda es simblica en la persona del Matasiete.  Matasiete, claramente un Gaucho (como Rosas), es el ms eficiente carnicero de ganados en los corrales del matadero, y por lo tanto el ms popular.  La comparacin que se hace con Rosas como el carnicero de los Unitarios es demasiado importante para ser ignorado.

[12] La barba en forma de una U, el smbolo de los Unitarios, puede ver apreciada en la foto de Echeverra.

[13] La montura representa los ideales e influencia de Europa.


FastCounter by bCentral